El Señorío De Alba

18 Dic 2014 Jennifer García Sin Comentarios

Desde Ávila, por la N-110 en dirección a Plasencia. A la altura de Venta del Civil hay un desvío para la carretera local que lleva a Bonilla de la Sierra. Retomando la N-110 se llega a Piedrahíta y posteriormente a El Barco de Avila.

La silueta de la sierra de Gredos es el telón de fondo sobre el que se dibuja esta comarca del Suroeste abulense. Piedrahíta, Bonilla de la Sierra y El Barco de Ávila conforman un triángulo hermoso de pueblos viejos, de pueblos curtidos en cabalgar a lomos de la Historia.

El paseo más tranquilo por entre sus calles se convierte en seguida en un barullo de fechas y de personajes esperando tras las esquinas el momento de asaltar al visitante. No en vano Piedrahíta, El Barco de Avila, El MIrón y La Horcajada conforman en la Baja Edad Media el señorío de Valdecorneja que, fundado por Alfonso X, fue otorgado por Enrique II, junto al de Oropesa, a García Alvarez de Toledo, primer eslabón del posterior ducado de Alba.

El valle de Corneja, por el que discurre el comienzo de la ruta, se abre entre los de Amblés y el Tormes. Surcado por el río del mismo nombre, uno de los principales afluentes que recibe el Tormes, es lugar de fértiles vegas de rebollares frondosos, de praderías, de ganado, de veranos frescos y de inviernos duros.

Piedrahíta es el motor de la comarca. De trazado viejo, sus casonas de granito son fe de su pasado noble, y prueba incontestable de su vocación serrana. Es tan largo el pasado hidalgo de esta población abulense que ya en el siglo XIII relucía como sede del señorío de Valdecorneja. Es a partir de 1469 cuando los señores de Valdecorneja pasan a ser duques de Alba, convirtiendo la comarca, y en particular Piedrahíta, en un importante foco hacia el que se acercan artistas, políticos y cortesanos. Uno de los más ilustres visitantes fue Goya.

Del interior de la villa destaca, como no podía ser de otra forma, el palacio, levantado a mediados del siglo XVII para sustituir al viejo castillo del señorío y arrasado más tarde durante la guerra de la Independencia. De porte barroco y versallesco, construido con granito y pizarra, cuenta con un enorme patio de armas y jardines propios del gusto francés de su arquitecto, Jacques Marquet. Además de la plaza Mayor, con su fuente de 1727, merecen visita su iglesia de la Asunción, rehecha también sobre los restos de un antiguo palacio; el exconvento de Santo Domingo, cementerio hasta hace algunos años, y el convento de las Carmelitas Descalzas.

Sobre la sierra de Avila, 14 km. al Norte de Piedrahíta, se recuesta el pueblo de Bonilla de la Sierra. Es éste un pueblo de Bonilla de la Sierra. Es éste un pueblo inesperado, escondido a trasmano de las grandes rutas. Lo primero que sorprende es la estampa de su portón de entrada, arco levantado en piedra que todavía hoy sirve para franquear el paso de los maltrechos restos de su muralla, y que se vuelve del color del oro cuando el último sol de la tarde lo baña. A él y a los parroquianos que allí se dan a la parla.

Lo segundo que sorprende, tras tomar la calle arriba, es el porte de su monumental templo, desproporcionado gigantón que emerge entre el caserío sin ningún tipo de complejo. Y es que Bonilla fue sede episcopal, de Avila que hasta aquí se llegaban para aliviar sus cuitas. De ahí las dimensiones, exageradas para un pueblo pequeño de la sierra. Está, además en una estupenda plaza porticada, amplia y de aires castellanos, desde la que se accede al cercano castillo-palacio, en el que se estuvo preso y murió el Tostado.

Una jornada de visita a la zona no debe prescindir de El Barco de Avila. Pueblo famoso por sus judías, encierra en su trazado tres lugares de interés: el castillo, la iglesia de la Asunción y la ermita del Santísimo Cristo del Caño. La iglesia de la Asunción en el interior de la villa es desde luego el valor monumental más importante de El Barco. Sus orígenes se rastrean en el siglo VII, aunque su mayor parte es del XIII. Guarda en su interior valiosos retablos, rejas y tablas. El castillo de Valdecorneja, de orígenes remotos, fue levantado parcialmente en el siglo XIV como importante bastión defensivo en el paso natural que hacia Extremadura supone el puerto de Tornavacas. Del maltrecho recinto hoy apenas quedan sus lienzos exteriores. Su utilización como cementerio desde mediados del XIX hasta 1904 devengó en un acelerado deterioro provocado por el levantamiento de sus suelos y los huecos abiertos en las paredes. Por su parte, la ermita del Cristo del Caño, junto al bello puente románico que salva el Tormes, no es lugar de maravilla artística, pero sí de devoción antigua y excelente agua.

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