
Pocas ciudades en el mundo pueden presumir de tantas terrazas por metro cuadrado como Barcelona.
Es normal, porque pocas ciudades tienen tantos locales dedicados al noble oficio de dar de comer o de beber y, al tiempo, disfrutan de ese clima fantástico que permite mantenerlas abiertas casi todo el año: para tomar los tímidos rayos del sol, en invierno, o para refugiarse bajo sus toldos, y sentir correr el aire que baja del Tibidabo durante el día o llega desde el mar en las noches de verano.