Como ya queda dicho, en el viaje anterior perdí el mapa; cosa que me contrarió; de modo que me propuse encontrarlo. De seguro lo había perdido en mi travesía por el monte, pues no se encuentra ni un alma, y dado que no ha llovido, de seguro estaría caído en cualquier lugar. Dicho y hecho. Esta mañana salí de Vigo y en Pontevedra cogí el único bus que cada día va a Carballedo tras pasar por Xesteira. Salía a la 1. Lo cogí por los pelos, pues el tren llegó con retraso. Conmigo también se afanaba una extranjera, que como yo había temido perderlo. Llegado pues a Xesteira, de Cotobade, comencé la andadura. El camino empieza subiendo y poco después bien marcado penetra en el monte, quiero decir por en medio de xestas, tojos y hierba. Llamarlo camino es hacerle favor. Esta vez no me perdí. Llegado a la explanada donde el último día me extravié porque solo vi una señal, esta vez con mayor detenimiento pues nada me apuraba, me detuve a examinar la piedra marcada y mirando en derredor descubrí un poco más adelante y casi cubierta por la hierba crecida otra señal. Vale, voy bien, me dije, y pasito a pasito no tardé en descubrir una tercera y una cuarta, de modo que devolví la fama a quienes habían marcado la vía y llegué por el camino correcto a la pista de tierra. Retrocedí algunos pasos, hasta una especie de curva donde el lunes pasado me había detenido a reponer fuerzas, pues creía que había muchas probabilidades de haber perdido allí el mapa; sin embargo, no lo encontré. Bien, sin desanimarme, me puse a andar, tras rezar a san Antonio de Padua una oración, pues como se sabe este santo ayuda a encontrar las cosas perdidas. Eureka, lo hallé. En efecto, en mitad del camino, tan sólo cubierto de una capa ligera de polvo, allí estaba mi mapa, sin el menor rasguño ni daño. Tras dar divertido las gracias al santo invocado, seguí adelante ya más descansado. Pude retroceder desde allí y coger en Xesteira el bus de vuelta, pero no se me ocurrió. Pasa diariamente a las 3:15 hacia Pontevedra. Seguí pues dando paso tras paso y tras pedir lenguas, como en América hacían los descubridores, a un coche que se me cruzó en el camino, llegué a Cuspedriños y de allí a san Xurxo, de donde regresé a Vigo. Pedir lenguas es lo mismo que pedir información. Me la dio un señor nacido en la zona, que como él mismo me dijo, se había criado allí, por los años 30, entre cabras y ovejas, y que aunque ahora vivía en Vigo también, no perdía ocasión de volver a la tierra que lo viera nacer. Infelizmente su mujer, como se lamentó, no lo acompañaba en su preferencia por el medio rural, de modo que sus escapadas las hacía a solas. Y tras indicarme amable donde estaba el monte Arcela, lugar del trayecto, se despidió tras desearme suerte. Eran las 4:30 y pensé que por hoy ya estaba bien, de modo que renunciando a seguir explorando, decidí ir directo a san Xurxo y allí coger el autobús que procedente de Lugo pasaba a las 5. Y héteme aquí de vuelta en Vigo.
Estas caminatas por las sendas y trochas me levantan el ánimo, me están gustando.
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