
Ayer, 7 de septiembre, hice el tramo último del Camino de Santiago que estoy recorriendo. Tras tomar en Vigo el tren de las 9.40 que abandoné en Pontevedra, y a las 10.50 tomar La Estradense, que me dejó en Pontevea, localidad fronteriza provincial entre La Coruña y Pontevedra, empecé la andadura. A las 11.55 dejé la gasolinera, punto de referencia del lugar, y por una estrecha carretera inmediata a la izquierda, llegué al regato de santa Lucía, que un puente de un solo carril atraviesa y cuya barandilla ha caído en parte al río, crucé la comarcal C-242 que tras unos 13,5 km nos dejaría en Padrón, y siempre de frente me dirigí hacia unos invernaderos al fondo. Aquí torcí a la derecha y enseguida llegué a la aldea de Pazos, en la que fotografié alguna de la varias casas de piedra rústica que allí se ve y los restos de un carro de bueyes viejísimo. Seguí andando bajo el abundante emparrado, que al parecer caracteriza estos parajes, y muy pronto llegué a Monteselo, otra aldea pequeña donde una fuente invita a beber. Empieza un camino ascendente por medio del monte y los campos a las 12.50 me pone en Burela. Gastadas por su antigüedad, en algún punto las señales están muy borrosas y hay que ir muy atento para no perderse. En la aldea e invitado por las puertas abiertas de una casa recientemente reformada, a juzgar por su aspecto, pedí orientación. Una mujer muy amable me dio todas las explicaciones precisas y me acompañó a la salida del lugar por donde corre el camino, no sin antes advertirme de que aun lo tenía largo para llegar a Santiago y admitir filosófica que con paciencia y buena salud todo es posible. Le agradecí la intención y seguí caminando. Empecé la subida al Monte Casal. Aquí me encontré con un buen trozo de camino a medias obstruído por tojos y zarzas, amén de ramas y troncos de eucaliptos jóvenes caídos al suelo, pero todo se acaba y fui a dar en una estrecha carretera asfaltada, donde a falta de señal que me orientase y tras detener a un coche que pasaba y preguntar al conductor, que se mostró tan ignorante como yo del entorno, cogí a la izquierda hasta el alto, donde u

na flecha blanca pintada en la calzada me dirigió a una pista de tierra que se abría a la derecha. Es un buen trayecto en medio del bosque ameno. Alcancé la carretera que al parecer lleva a Fornelos y siguiendo a la izquierda, unos cientos de metros más adelante, a la derecha, tomé de nuevo una pista de tierra que me llevó primero a Trasellas y luego a Luou, ya pueblo y no aldea. En un bar se me encaminó hacia Paraxó, donde a la izquierda un camino asfaltado, tras pasar el regato Chanca, me lleva al barrio de Insua, en el que abundan los chalets muy recientes. Alcanzo una carretera, la cruzo y de frente sigo camino hasta una casa atractiva para coger luego a la derecha y seguir de nuevo entre árboles amenos por Agro do Monte y paralelo a la autopista AP-9. Pasado el peaje, por la izquierda voy a Solláns, una parroquia de san Juan de Calo, donde unos niños me hacen señas regocijados y la que creo su madre me informa. Por la carretera de Vilar do Calo, a medias cortada, sigo hasta Lamas, cruzo bajo la autopista y busco Cabovila. En un jardín, al borde del camino, una familia disfruta comiendo al aire libre. Un hombre sonriente me indica la ruta y empiezo a subir el monte A Pena. Es un trayecto largo por una pista de gravilla y en bastante pendiente, además mal marcado. Ya arriba, consigo orientarme, y tras dejar atrás un lugar misterioso y cercado en el que media docena de perros al parecer poco amistosos me ladran armando un estruendo escandaloso, alcanzo la que se me dice Coruxeira. Ya estoy cerca del final de la etapa. Por un paso elevado cruzo otra vez la autopista y un poco más adelante me meto de nuevo por un camino a medias cerrado en el que es preciso estar atento a las zarzas y los tojos que desgarran fácilmente la ropa. Desciende el sendero, cruzo el río Sar, sobre el que se abre una amplia ventana enrejada, y finalmente llego al hospital psiquiátrico de Conjo. Son las 5 de la tarde, estoy cansado y me dirijo derecho a la estación del tren, donde a las 5.45 tomo el que me devuelve a Vigo. Han sido 5 horas de marcha, estoy rendido, pero lo he conseguido. He llegado a Santiago.