El origen de Lupiana es muy remoto, pues el mismo nombre parece recordar antiguos cultos a dioses atlánticos, o señalarla como enclave ocupado por lobos en pretéritas épocas. Desde la de la Reconquista, aparece Lupiana incluída como aldea del Comun de Villa y Tierra de Guadalajara, y mas concretamente en su sesma alcarreña. En esta condi-ción estuvo hasta 1569, año en que el Rey Felipe II le concedió el título de Villa con jurisdicción propia, al tiempo que entregaba al prior y frailes del cercano monasterio jerónimo de San Bartolomé la prerrogativa de nombrar alcalde mayor, alguacil, escribano, así como el resto de los alcaldes, regidores, mayordomos y todo tipo de ofi-ciales del Concejo, con lo que venía a pasar toda la jurisdicción y señorío de la nueva villa en manos del monasterio. Siguió en este señorío hasta su abolición en el siglo XIX, aunque en los últimos tiempos era muy suave el yugo impuesto, pues los del pueblo solo tenían que pagar, los días de Pascua, y el de Reyes, una ofrenda de tres pares de gallinas a los monjes.

Quizás la parte más interesante, en el aspecto histórico, de la villa de Lupiana, sea el monasterio de San Bartolomé. Un grupo de hombres de Guadalajara se retiraron a las alturas del término fundando allí, en la segunda mitad del siglo XIV, unas ermitas en las que nació la idea de fundar una nueva orden monástica: la de San Jerónimo. Pedro Fernández Pecha y Pedro Román se trasladaron a Avignon en 1373 para solicitar al Papa la aceptaicón de su idea, recibiendo de Gregorio XI la Bula de fundación con fecha del día de San Lucas de 1373. Al monasterio de Lupiana le colmaron de donaciones y favores los señores de la casa Mendoza. Muchos de ellos hicieron entregas de tierras y solares, de beneficios abultados, y de magnífi-cas obras de arte. Incluso algunos, como doña Aldonza de Mendoza, hermana del primer marqués de Santillana, eligió la iglesia monaste-rial para su enterramiento. Los condes de Coruña y vizcondes de Torija quedaron con el patronato de su capilla mayor, que en el siglo XVI abandonaron para trasladar sus enterramientos a la parroquia de Torija. Fue ofrecido entonces el patronato del monasterio al Rey Felipe II, quien lo aceptó en 1569, y correspondió dando al monasterio la jurisdicción completa de la villa de Lupiana, y todo su término.

En la villa de Lupiana, el viajero debe parar en la plaza mayor, donde podrá admirar su recinto amplio rodeado por una parte de edificios vetustos, y de otra por alta barbacana de piedra tallada. En su costado norte aparece el caserón del Ayuntamiento, con atrio y galería, y una torrecilla para el reloj construída en ladrillo, obra todo ello del siglo XVIII. En el centro del plazal luce la bella picota de la villa, obra del siglo XVI, que consta de alta gradería de piedra sobre la que emerge la columna de fuste estriado y un remate piramidal escoltado de cuatro dragones de corte plateresco. En lo más alto del pueblo está la iglesia parroquial dedicada a San Bartolomé. Es obra del siglo XVI. Se precede de una escalinata de piedra. El aspecto exterior es sólido, destacando la presencia de la torre, fechada en 1676. En el muro del sur se coloca la portada, obra magnífica de estilo plateresco, muy desgastada ya por los elementos atmosféricos: consta de una puerta de medio punto, escoltada por columnas estriadas que apoyan en gruesos pedestales, decorados con buena iconografía, y rematadas en bellos capiteles de grutescos, cabecillas de angelillos y calaveras. Sobre ellos, un friso de prolija decoracion plateresca, y en las enjutas sendos medallones representando las figuras de San Pedro y San Pablo en medio relieve y de exquisita factura.

En el interior del templo se admira la equilibrada arquitectura de sus tres naves, que forman un armónico conjunto de inspiración gótica, pues las pilastras que les separan son conglomerados de columnillas adosadas, con bases gotizantes y remates en collarines de talla vegetal, que sostienen arcos apuntados, atravesados de otros escarzanos en el tramo de los pies del templo. La cabecera del templo consta de gran arco triunfal, semicir-cular, escoltado de haces de columnillas rematadas en pequenos capiteles de decoracion foliacea, que da entrada al presbiterio, de planta rectangular, compuesto de dos tramos sucesivos, cubiertos de bellisimas nervaturas goticas y terminando en las esquinas con sendas veneras. Los bordes del recinto presentan cenefas y frisos de estuco en relieve con prolija decoracion plateresca de grutescos y roleos, obra toda del siglo XVI. A ambos lados se presentan, en la nave de la epistola, una capilla sencilla, que comunica con el presbiterio a traves de arco de piedra, y en el lado del Evangelio un amplio recinto de cupula semiesferica apoyada en pechinas, que sirve de sacristía. Por el pueblo se encuentran algunas casonas de sillería y puertas de tallados dovelajes, así como buenos ejemplos de arquitectura rural alcarreña.

El monumento más importante a visitar en Lupiana, se encuentra en el alto. Es el monasterio de San Bartolomé. No sólo puede destacarse el lugar de romántica belleza en que se encuentra, en medio de un denso bosque mediterráneo, sino que en él hay que destacar algunos elementos monumentales verdaderamente execepcionales.

Es el más importante sin duda el claustro grande. Se trata de una hermosísima muestra de la arquitectura renacentista española, diseñado y dirigido en su construcción por el arquitecto Alonso de Covarrubias, en 1535. Presenta un cuerpo inferior de arquerías semicirculares, con capiteles de exuberante decoración a base de animales, carátulas, ángeles y trofeos, y en las enjutas algunos medallones con el escudo (un león) de la Orden de San Jerónimo, y grandes rosetas talladas. Un nivel de incisuras y cinta de ovas recorre los arcos. La parte inferior de este cuerpo tiene un pasamanos de balaustres. En el segundo cuerpo luce arquería mixtilínea, con capiteles también muy ricamente decorados, y los arcos cuajados de pequeñas rosáceas, viéndose tallas mayores en las enjutas. Su antepecho, magnífico, en piedra tallada, ofrece juegos decorativos de sabor gótico. En uno de los laterales se añadió un tercer cuerpo en el que figuran columnas con capiteles del mismo estilo, antepecho de balaustres, y zapatas ricamente talladas con arquitrabe presentando escudos. Los techos de los corredores se cubren de sencillos artesonados, y en las enjutas del interior de la galería baja aparecen grandes medallones con figuras de la Orden.

De lo que fue gran iglesia monasterial solo quedan los muros y la portada. Fue dirigida su construcción por el arquitecto castellano Francisco de Praves, entre los años 1613 a 1615. En la fachada se advierte una portada dórica rematada con hornacina que contiene estatua de San Bartolomé. En lo alto, gran frontón triangular con las armas ricamente talladas de Felipe II. El interior, de una sola nave, culmina en elevado y estrecho presbiterio. La bóveda, que era de medio cañón con lunetos, se hundió hacia 1928, lo mismo que el coro alto, a los pies del templo, enorme y amplio. Puede visitarse los lunes por la mañana.

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