Sobre la meseta de la Alcarria, pero dando vistas por su costado oriental al rico y atractivo valle del río Ungría. Sus campos producen cereal en abundancia, y las huertas y olivares se decantan por los productos tradicionales de la Alcarria, entre los que no se queda atrás la rica miel de la comarca.

El nombre de Atanzón deriva del árabe, y viene a significar la existencia primitiva de un "molino" en aquel lugar. Reconquistada la zona, perteneció desde su principio a la Tierra y Común de Guadalajara, gozando de su Fuero y acudiendo con sus impuestos a la mejora de las fuentes y puentes de la villa cabeza del territorio, lo cual fue causa de largos y enojosos pleitos en siglos posteriores. De siempre dedicada a la agricultura de secano y huertas, durante varios siglos una parte de sus poblaciones se dedicaron a la industria de la fabricación de paños, que, aunque de abaja calidad, alcanzaron renombre en Castilla.

Adquirió la villa en el siglo XIII don Fernán Rodríguez Pecha, camarero de Alfonso XI, pasando posteriormente a sus hijos y descendientes, que por enlaces matrimoniales vinieron a traer al pueblo a la nómina de pertenencias de la casa de Mendoza. El gran cardenal, don Pedro González, en 1469, se la cedió junto a otros lugares de la tierra de Guadalajara, como los Yélamos, el Pozo y Pioz con su castillo, al secretaio de Enrique IV, don Alvar Gómez de Ciudad Real, a cambio de la villa de Maqueda. En esta familia ilustre de los Gómez de Ciudad Real, en la que sobresalieron famosos guerreros y poetas, permaneció varios siglos Atanzón. En el siglo XVI, cuando la sublevación de las Comunidades castellanas, fue deportado a este lugar don Iñigo Lopez de Mendoza, conde de Saldaña, hijo del duque del Infantado, por orden de su padre, comprometido en sofocar a toda costa el movimiento ciudadano, en el que se afilió desde el primer momento el intelectual magnate. En el siglo XVII era señor del pueblo don Francisco de la Cerca y Ciudad Real, caballero de Santiago, y a mediados del XVIII ostentaba el señorío don José d ela Cerda y Granada Gómez de Ciudad Real, de la misma familia, en la que permaneció Atanzón hasta la abolición de los señoríos.

Como digna de visitarse recordamos la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Zarza. Es edificio majestuoso, de clasicista arquitectura propia de la segunda mitad del siglo XVI. Sus muros son de piedra basta y en las esquinas y cercos de vanos y puertas, de sillar bien tallado. La portada principal es grandiosa y severa de líneas, en un innegable estilo heredado de Serlio, trazada por ignoto arquitecto que copió una de los modelos que este autor boloñés puso en su "De architectura libri Quinque". En las enjutas del arco de entrada, se ven los escudos de los señores del pueblo, los Gómez de Ciudad Real: un león bermejo en campo de plata y tres puñales de oro sobre el azur. En el interior, restaurado modernamente, sorprende su grandioso aspecto, con tres naves separadas de gruesos pilares, quedando un bello artesonado mudéjar sobre la capilla mayor, y bóvedas de crucería en las dos capillas laterales de la cabecera del templo. A los pies, amplio coro alto. A la salida del pueblo, camino de Caspueñas, se encuentra el antiguo rollo o picota, símbolo del villazgo, que hoy aparece como un monolito pétreo de perdidas formas. También en los aledaños del lugar, en el camino de Lupiana, se encuentra un curioso crucero o humilladero del siglo XVIII, todo él tallado en piedra. Una simpática ermita dedicada a la Purísima se encuentra a la entrada de la población según se llega desde Centenera.

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