Cabra guarda equilibrio entre la agreste Sierra que da nombre a su patrona y el vergel de sus huertas. Reza en su mezquita barroca de la Asunción, sueña remotas hazañas en el castillo-palacio de sus Condes, conversa con Juan Valera en el patio del Casino, vigila el corazón andaluz desde su Picacho, convierte en música el rumor del agua en la Fuente del Río, y cultiva la sabiduría en el viejo instituto de Aguilar y Eslava.

Se desconoce con exactitud la antigüedad de Cabra, que con el nombre de Igabrum fue una población indígena elevada por los romanos a municipio en época flavia. Fue sede episcopal con los visigodos y capital de cora con los árabes. Su conquista en 1254 por Fernando III fue pactada, y en 1295 pasa a poder de la orden de Calatrava que la erige en señorío hasta 1331, en que, según M. Nieto, "fue arrasada y llevada su población cautiva a Granada". Tras sucesivos e inestables cambios de dueño, Juan II la concede en señorío en 1439 a Diego Fernández de Córdoba, que años después obtendría el título de Conde de Cabra. La conquista de Granada trajo la estabilidad a esta ciudad fronteriza, que en el siglo XVI inició su expansión urbana y demográfica.

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