Como Torremayor, la localidad se asienta a mitad de camino entre Badajoz y Mérida, pero en la orilla contraria del Guadiana, enclavada sobre un emplazamiento elevado sobre el río. Las crónicas antiguas identifican el enclave con la antigua Lycón griega o romana en la que, según la tradición, los lusitanos destruyeron en el año 188 a. C. la legión del Cónsul Lucio Emilio.

Tal localización no ha podido ser establecida, sin embargo, pese a que Madoz señale incluso como romanos los restos del castillo que aún se mantenían en pie en esta localidad a mediados del siglo pasado. Tampoco la presencia de un monasterio o población visigoda ha podido ser confirmada.

Una fortaleza de época árabe que se identifica con la de Lobón es mencionada por el cronista El-Idrisi en el siglo XII. El bastión, primitivamente de adobe y más tarde reconstruido en piedra por los cristianos, cuyo origen parece conectarse con la rebelión de Ibn Marwan, el renegado emeritense fundador de Badajoz, desempeñó importante papel en esa época en las luchas entre Giraldo sem Pavore, llamado el Cid portugués, y los almohades del reino de Badajoz; en las campañas de Alfonso IX y los santiaguistas en el siglo XIII; en las hispanolusas del XIV, y en las de Isabel la Católica contra Juana la Beltraneja en el XV, tras cuya batalla de la Albuera de Mérida se estableció en este punto un hospital.

Aunque muy maltrecho, el estratégico castillo aún se mantenía operativo durante la guerra con Portugal del siglo XVII. Después entró en fase de deterioro hasta desaparecer prácticamente por completo. A principios de la centuria actual tan sólo perduraban de la vieja fortificación algunas ruinas, sobre las que finalmente se levantaron otras construcciones, de manera que de la fortaleza no queda hoy sino la memoria de su existencia en el punto más elevado de la población, no lejos de la iglesia.

También han desaparecido por completo las cuatro ermitas y el convento franciscano que todavía se mantenían el siglo pasado. Los restos de este último, con el cementerio del XIX en su entorno, resultaron visibles hasta hace escaso tiempo desde la carretera N-V, originando una peculiar silueta ante la población. En el convento se conservaba una imagen de la Inmaculada excepcionalmente hermosa según la tradición, que generó el siguiente dicho popular:

Santa Rosa, la de Hornachos;
San Diego, el de Fuentes,
y Concepción, la de Lobón.

En lo que concierne a sus antecedentes documentados, tras su ocupación a los árabes por los cristianos en el siglo XIII y su posesión inicial por los templarios, el núcleo se integró en la Orden de Santiago dentro del Partido de Mérida, como cabeza de una Encomienda de la que dependían Montijo, La Alguijuela -Torremayor- y Puebla del Rubio -Puebla de la Calzada-. A mediados del siglo XVI Felipe II vendió la villa a doña Elvira de Figueroa, Condesa de Montijo, integrándose después en la casa de Medinacelli.

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