Se trata de un hotel pequeño, decorado con mucho gusto y nuevo. La habitación amplia, el armario algo escaso. El baño bonito, también bien distribuido. Los cabeceros son bellísimos.Nuestta habitación tenía terraza, con vistas (y oídos!) sobre la Lanzada. Sin embargo lo mejor son los detalles. Sandra nos recomendó qué ver y dónde comer por toda la zona, y nos sirvió desayunos completos, con zumo natural, café recién hecho, filloas y un pequeño buffet de embutidos, yogures, frutas... Encantadora y discreta. A la llegada un benjamín de cava y unas chocolatinas, por la noche una infusión caliente antes de dormir, por cortesía del establecimiento. Un pero, no sirven cenas y hay que coger el coche entre 10 y 20 minutos, aunque la oferta es enorme. Lo recomendaría y si podemos volveremos!