
Desde 1930 se celebra esta fiesta deportiva, llena de música y colorido, que se ha convertido en una de las citas más importantes del piragüismo mundial, en esos años quedó fijada la liturgia de la fiesta, el desfile, los coriquinos, la salida en verso, don Pelayo, Pialla, la cohorte de Tritones y la vestimenta de chaleco, montera y collar de papel, así como la romería en los Campos de Ova y la verbena repartida por los rincones de la villa.
La fiesta comienza a primeras horas de la mañana, cuando salen hacia Arriondas los trenes fluviales desde Ribadesella y Oviedo abarrotados de gente para ver la salida. A las once comienza por las calles de esta localidad uno de los momentos más atractivos de la jornada, un desfile alegre y multitudinario de selleros disfrazados o sin disfraz, caminando o a bordo de todo tipo de artilugios rodantes que pretenden seguir la carrera hasta Ribadesella. Es un verdadero río humano que se dirige al puente sobre el río Sella, donde los piragüistas esperan impacientes.
Tras los versos rituales de salida "Guarde el publico silencio, y escuche nuestra palabra...." que leyó Dionisio de la Huerta hasta su fallecimiento en 1995, a las doce en punto se ordena la salida.
Una vez finalizado el himno, se da la salida oficial.
Es el momento culminante, el más esperado por el público junto con la llegada. El ambiente se electriza de forma instantánea bajo el estruendo de mil piraguas lanzándose juntas al río. El fragor y la tensión se apoderan de los que quieren navegar y de quienes los contemplan, queriéndolo ver todo a la vez. Los golpes de las paladas ansiosas, el batir de la espuma, el rodar de los cantos y el griterío infernal que se eleva sobre el valle apenas dejan escuchar los últimos versos de pregón; "Pero corramos al tren, vamos a la caravana, todos a Ribadesella, para presenciar quien gana".
A partir de aquí comienzan dos carreras distintas, la puramente deportiva, que pondrá a prueba la fortaleza y la astucia de los piragüistas para sortear las sequeras del río castigado por el estío, y la alegre carrera folklórica de los remeros, que intentaran llegar a Ribadesella antes que los palistas.
En la línea de meta se aguarda con expectación. La megafonía avisa de que viene destacados los ingleses o los sudafricanos, o que hay lucha cerrada entre los portugueses y los asturianos... Por la última curva aparecen los primeros, que reman desaforadamente para cubrir los últimos quinientos metros a la vista ya del publico, al que se suman con el tiempo justo los que llegan en el tren fluvial y en la caravana de automóviles. Cincuenta mil gargantas aclaman a los vencedores, cuyos nombres serán grabados en el monolito del puente riosellano.
Siguiendo también la tradición inaugurada por Dionisio y por los pioneros del Sella, los piragüistas y los romeros se desplazan en masa por tren o carretera hasta los Campos de Ova, a tres kilómetros de la villa, donde se celebra una multitudinaria comida campestre, se duerme la siesta bajo los chopos, se contempla a los grupos folklóricos, se baila un poco y se les entregan los trofeos a los campeones de todas las categorías.
Siguiendo también la tradición inaugurada por Dionisio y por los pioneros del Sella, los piragüistas y los romeros se desplazan en masa por tren o carretera hasta los Campos de Ova, a tres kilómetros de la villa, donde se celebra una multitudinaria comida campestre, se duerme la siesta bajo los chopos, se contempla a los grupos folklóricos, se baila un poco y se les entregan los trofeos a los campeones de todas las categorías.
De vuelta a Ribadesella la fiesta continúa hasta el amanecer por los "chiringuitos" que copan todos los rincones de la villa. Hasta el último minuto de esta fiesta increíble estará vigente la sabia consigna que le dio tan singular carácter de libertad, desenfado y tolerancia.
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