
Para los madrileños del siglo XIX, la fiesta de San Isidro constituía un jubiloso acontecimiento. A orillas del río Manzanares se extendía La Pradera, sitio donde se encontraba la ermita en honor del santo y la fuente del agua miligrosa.
En ese lugar se reunía casi todo Madrid para participar de la Romería. Desde la Puerta del Sol salían coches de caballos y multitudes a pie, mientras las campanas de la ermita repicaban llamando a los fieles Una compacta muchedumbre se instalaba en La Pradera, en la cual se diseminaban puestos en los que era posible hallar campanillas, golosinas, pasas, roscones de pan duro, rosquillas y churros. La alegría era general, y luego de beber agua de la fuente del santo se montaba en carruseles y tiovivos, se visitaban las barracas con gigantes de cartón y enormes mujeres y se bailaba el chotis.
Muchas de estas escenas se conservan en los cuadros de Goya y en los dibujos de Valeriano Béquer, hermano del poeta.
La Pradera sigue estando ahí, pero los tiempos han medrado parte de su edificación y hoy la cruza el intenso tránsito del Madrid moderno. Aquella tradición de romería y de visita al santuario se fue perdiendo, pero así su carácter de fiesta jubilosa. Durante ocho días se celebra la Fiesta del Patrono, que se inicia con la lectura de un pregón, que está a cargo de un escritor o de un personaje famoso de la vida pública. El acto tiene lugar en el balcón de la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor. Se suceden luego recitales de música, certámenes de pintura, teatro para niños y mayores, títeres, concursos deportivos, verbenas, exposiciones, ferias gastronómicas, fuegos artificiales y muchas otras atracciones.
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