Cuenta la tradición que la talla de esta advocación mariana fue traída por san Isicio, obispo que fuera de Cazorla y discípulo del apóstol Santiago, y que fue escondida en la Cueva del Agua durante las persecuciones cristianas de los romanos y los visigodos.
Desde 1560, su fama de milagrosa y el gran fervor popular han hecho que el primer domingo del mes de septiembre se trasladen muchas personas hasta su ermita.
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