En el siglo XV, cuando una peste asoló algunas poblaciones costeras, los habitantes de Tossa prometieron enviar cada año un peregrino a la ermita de Sant Sebastià, de la villa de Santa Coloma de Farners, en acción de gracias por haber hecho ceder la epidemia. El voto se repite desde hace quinientos años. El peregrino escogido, vestido con esclavina decorada con conchas, recorre a pie y en silencio los cuarenta kilómetros que separan las dos poblaciones. La caminata dura todo el día, hasta que la comitiva entra en Santa Coloma con la puesta del sol. Al día siguinete se emprende el camino de vuelta a Tossa, donde el peregrino es recibido por una procesión que desfila a lado de las murallas iluminadas con teas.
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