
A la llegada de cada mes de septiembre, Puertollano se vuelca multitudinariamente con su patrona en la ofrenda y la procesión.
Desde el siglo XIV los puertollanenses sienten una constante devoción por la Virgen de Gracia.
Un fervor que conllevaría que un siglo después se construyera la ermita a las afueras de la población, para acoger a todos los peregrinos que acudían de distintos puntos de la comarca.
Un creciente seguimiento que propició que se optara por sustituir la patrona de Puertollano, hasta entonces Santa Ana, por aquella Virgen que los salvó de la peste y que dio origen a la celebración del Santo Voto.
El encuentro con la tradición se presiente cuando los tambirileros salen a la calle a anunciar que la llegada de las fiestas es inminiente.
Una explosión de devoción que ya se vive en la tarde del dia 7 de septiembre durante la celebración de la ofrenda floral. Año tras año el panel se ha ido quedando pequeño, la hilera de personas con ramos se va multiplicando y cada vez es mayor el número de colectivos que quieren unirse a este evento.
Cada 8 de septiembre cientos de vecinos de las distintas barriadas se acercan al centro de la ciudad para estar con su Virgen, para compartir unos minutos con su patrona, asistir a una multitudinaria procesión, en la que participan más de 10.000 personas.
Un acontecimiento de fe en plena calle que viene a reflejar que Puertollano mantiene viva su tradición más ancestral cuando cruzamos el segundo milenio.
También son muchos los puertollaneros de origen y de adopción que regresan durante esta jornada a su tierra para reencontrase con su pasado, en un constante intento de guardar el hilo conductor con el entrañable recuerdo de familiares, amigos y aquellas noches de feria en el Paseo de San Gregorio.
En las Relaciones Topográficas de Felipe II ya se hace mención de la existencia de la ermita de la Virgen de Gracia, que por entonces estaba bajo la advocación de la Visitación de Nuestra señora, y que deja constancia de la devoción que esta imagen recibía.
También relata que el sacerdote Juan Fernández, que había sido capellán de su Majestad, trajo a esta iglesia un importante legado de reliquias, posiblemente el más importante de toda la provincia.
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